-Te quiero… Te quiero… Te quiero… Te quiero-esa palabra me taladraba la cabeza, se repetía una y otra vez, fue ella y su última palabra, con un hilo de voz, extinguiéndose, agonizando, mis ojos lloraban, mi boca se resecaba, mi cuerpo temblaba, la perdía y no tenía el poder suficiente para curarla.
-Te amo, eres lo mejor que me ha pasado durante años, no te vayas, quédate conmigo, aquí a mi lado, sin ti esto no tendría sentido…-la susurre al oído, mientras lentamente sus ojos se cerraban para no abrirse más. De esto hace un año y la imagen se viene cada día, cada noche, cada pesadilla. Esa agonía que hace que me levante sudoroso y acuda al baño a sollozar durante horas, la echo tanto de menos, mi corazón siente ese vacío infinito.
La quiero tanto, pero a la vez la odio, me ha dejado solo, no entendía que no debía dejarme, que no podía dejarme, porque ella era la razón por la que salía a la calle, la razón por la que sonreía. Sus labios que tantas veces he saboreado, tantos besos apasionados me han dado, ahora hace ya un año que nos los he vuelto a probar. Sus dedos que tantas veces me han acariciado, su pelo que tantas veces me ha regalado su olor, su mirada que tantas veces me ha hecho ver las estrellas. Ahora no tengo nada de eso, solo una extraña soledad y un dolor insoportable, que hace que mis heridas no terminen de curarse.
Mi corazón se muere lentamente si no estoy a su lado, no hay día que no me levante, pensando que solo ha sido un mal sueño, que me levantare y recibiré un mensaje al móvil que me decía: “Te quiero tanto, hoy el sol me ha despertado con su primer rayo de calor, y lo primero que he pensado en que era la chica más afortunada del mundo, porque soy la única en el mundo que tengo una estrella para mí, me iluminas el dia, TQM!” Esos mensajes que me producían un alivio, una felicidad inaudita. La amo tanto y ella me ha dejado. Tantas veces discutimos, tantas veces la dije que no la dejaría marchar, que buscaría debajo de las piedras una cura para su enfermedad, pero ella me lo prometió, ella me hizo jurar que no lloraría, y lo único que me pidió, soy incapaz de cumplirlo, no hay día que no llore, no hay día que no recuerde su voz. He puesto la radio y ha comenzado a sonar nuestra canción favorita, nuestra canción.
Lleno de rabia de dolor he cogido la radio y la he estampado contra el suelo, grito, me desgarro la voz, grito a los cielos, grito para que me escuche, pero sé que no lo hará, soy tan tonto, por creer que por gritar la vida me devolverá a la única persona que regale mi alma, mi media mitad de vida, y ahora que se ella se llevo mi bien preciado, ahora soy yo el que me niego a formar otra vida, a regalar mi alma mi corazón. Ahora quiero estar solo, caminar todos los días por el parque, mirando a parejas que tan felices son, odiándolas por ser felices, por tener esa felicidad que yo un día tuve, pero que entre mis manos se escapo, se disipo como si fuera aire, y no pude estrecharla, contra mi pecho para recordarla que mi corazón latía por ella.
-¿Se va a tirar?- grita la gente desde la calle –llamar a la policía, quiere saltar.
-¡Te quiero! Sin ti no soy nadie, eres la razón de mi vida, no debiste marcharte, pero ahora, volveremos a estar juntos como un día te jure-. Esta vez grito desde más alto, estoy en su edificio, he pasado por su puerta, el sitio donde tantas veces me he despedido de ella donde tantas veces la he dicho que la amaba, que la añoraba, que la quería, que la necesitaba, tantos adjetivos, tantas palabras que no sirvieron para que después pudiera salvarla, pero ya se acabo, un día la jure estar con ella para siempre y eso si que lo cumpliré.
Y salto al vacío…
No hay comentarios:
Publicar un comentario